A través del contacto diario con
personas que presentan dificultades sociales tales como desajustes vitales,
problemas de adaptación al entorno escolar y adolescentes en situación de
conflicto social grave, todos ellos factores que hemos catalogado como
debilitadores, he aprendido a comunicarme con los demás de una forma distinta, altamente
gratificante, siendo capaz de mirarme a mi misma a través de los ojos de otros
y ponerme en su lugar.

No dejaría nunca de ser
educador /a social porque he aprendido lo que es la empatía y
puedo expresar mayor satisfacción en el trabajo y trabajar más y mejor en
equipo.
Os dejo una de las muchas definiciones de empatía, con
la que sin duda estaréis de acuerdo. Distintos
autores coinciden en señalar que el término engloba tres destrezas
fundamentales comúnmente aceptadas, éstas comprenden, la capacidad para
compartir los sentimientos de otras personas, la capacidad cognitiva para
intuir lo que éstas están sintiendo y por último, sabemos que la empatía aparte
de presentar una orientación altruista y prosocial, implica fundamentalmente acudir
compasivamente hacia el socorro de otros. (Decety y Jackson, 2004).
Y
ahora os preguntaréis a qué viene esta reflexión. Pues bien, a lo largo del
tiempo también he descubierto que la principal función de mi trabajo es la de
compartir y contagiar estados emocionales positivos, ya que no podemos ni
debemos olvidar, que estados emocionales negativos entorpecen gravemente el desarrollo
de la autoestima, que correlaciona con una pobre percepción del bienestar
subjetivo y de la vivencia de competencia y seguridad lesionando las
capacidades de atención y por tanto afectando a la memoria, dimensión básica
del aprendizaje. Seguir aprendiendo es el proyecto del que no quiero apearme,
por el momento.
Magdalena
Gelabert / Educadora Social