
La persistencia de la pobreza en los primeros
años de vida es un indicador de trayectorias igualmente definidas por escasos recursos,
en las que las víctimas de la pobreza infantil son más propensas al abandono
escolar prematuro, y presentan problemas de conducta y menor cociente
intelectual a los cinco años cuando se les compara con niños que han tenido la
suerte de nacer en familias sin dificultades económicas.
En un estudio longitudinal realizado por
Signe-Mary McKernan, se analizan las consecuencias del estrés tóxico, vinculado
a situaciones de carestía que, según la Academia Americana de Pediatría,
desemboca en bajos niveles de memoria de trabajo y dificultades para la
concentración, donde los cambios en la estructura y funcionalidad del cerebro son
responsables de alteraciones cerebrales y frágiles estructuras cognitivas que
obstaculizan el aprendizaje, favoreciendo comportamientos inadaptados y
deteriorando la salud de los niños. Por ello, no es descabellado vincular la exposición prolongada a la pobreza durante la infancia a
trayectorias difíciles durante la adolescencia y a pobres resultados
académicos.
Existe un elevado consenso que
vincula el crecimiento económico de un país con el capital humano que aportan
sus ciudadanos, por ello destinar recursos para la mejora del bienestar de los
niños pobres y sus familias, tendrá sin duda un impacto positivo, siendo el
coste mayor si la dirección es la contraria. Esto pasa, inevitablemente, por la
capacidad de los padres para obtener un empleo estable e ingresos suficientes
que les permitan atender en toda su magnitud las necesidades infantiles, forjando
de forma decidida la igualdad de oportunidades.