domingo, 1 de mayo de 2016

EDUCATRIX, Manual de competències per a la vida adulta.

EDUCATRIX, Manual de competències per a la vida adulta és un material per ajudar als educadors i educadores socials i altres professionals que treballen en processos socioeducatius, amb adolescents i joves d’edats compreses entre els 13 i els 17 anys, per a que aquests puguin adquirir les eines necessàries i de¬senvolupin les seves habilitats per a poder fer un bon procés en aquesta etapa, i en les següents, de les seves vides.
EDUCATRIX s’adapta fàcilment a les sessions en les que es vulguin treballar te¬màtiques transversals a partir del model de competència cogni¬tiu-emocional. Es tracta d’un material engrescador i obert, basat en una sèrie de temes que permeten el creixement i el desenvolu-pament personal integral.

sábado, 16 de abril de 2016

Manual de Competencias para la vida adulta: EDUCATRIX. 
Un material para educadoras y educadores sociales, u otros profesionales que trabajan con jóvenes de 13 a 17 años que deseen trabajar temàticas transversales a partir del modelo de competencia congnitivo-emocional.
He participado como coordinadora junto a Laura Cladera Bonnin y Magdalena Gelabert Horrach, y al final, gracias al apoyo de muchas profesionales y compañeras hemos podido ver el resultado. Pero sin duda no hubiera sido posible sin el empeño y la incondicionalidad de Guillem Cladera Coll enla Fundació Natzaret y la Universitat de les Illes Balears.
De momento se puede conseguir en librerías de Palma y también en la Fundació Natzaret. Edicions Uib.

Teoría y praxis de la Educación Social.

viernes, 2 de octubre de 2015

"La educación social en la esfera pública. El reconocimiento social de la profesión" #EdusoDay2015


La estructura emocional que da sentido a nuestros deseos es también la responsable de nuestros comportamientos, tal y como explica José Antonio Caride en su artículo Construir la profesión: la Educación Social como proyecto ético y tarea cívica. Las profesiones sociales nacieron y se consolidaron con la idea de satisfacer las demandas de una ciudadanía cada vez más consciente de sus derechos y de la unívoca conexión emocional entre el trabajador y el colectivo atendido, sin embargo parece que estamos lejos de conseguir el reconocimiento social deseado.

Si partimos de la base de que los derechos surgen de la conciencia colectiva en torno a la cubertura de necesidades, que para el doctor Luís Ballester de la Universidad de Illes Balears dependen de una frágil organización de interacciones que casi siempre están subordinadas a normas, entenderemos por qué, en ocasiones, los cambios no sólo deben incumbir a factores externos al ejercicio de la profesión. Al respecto, conviene tener presente algunos aspectos interesantes:

Por lo general deseamos que el cambio nos venga impuesto desde fuera, que cambien las circunstancias y los acontecimientos, pues no sentimos la necesidad de que este cambio se produzca en nosotros, ya que atribuimos a las circunstancias el estado en el que nos encontramos. Y es que cambiar es realmente complicado, y exige un esfuerzo que obliga a incorporar un sistema de comunicación positivo como elemento para construir futuro.

Para responsabilizarnos de nuestra forma de proceder y divulgar mejor nuestras acciones, tal vez sería interesante trabajar sobre la base de la zona de confort que tanto nos define en el imaginario colectivo, y sobre el que extendemos nuestras frustraciones. Sería deseable redescubrir y potenciar las oportunidades, en las que los conflictos se transforman en opciones de cambio, no para cambiar a los otros sino para crecer y ser protagonistas de éste, juntos. Naturalmente, para que estas situaciones se sostengan es necesaria cierta estabilidad, tanto formativa como laboral, y de esta forma compartir estados emocionales positivos, donde la seguridad y la integridad personal nos permitan trabajar bajo la premisa del compromiso ético.

El educador social está legitimado, por su formación y experiencia, para intervenir en un escenario cada vez más interdependiente de los procesos de cambio social (Gómez, 2002), pero también es el resultado de múltiples factores donde su mundo emocional dependerá de la construcción de su carácter (Camps, 2010).

Por último, creo sinceramente que la educación social debe terciar entre el poder de las instituciones y la necesaria toma de decisiones que plantea la justa distribución de los recursos, pues ahora sabemos que, como seres humanos, venimos al mundo con claros impulsos hacia los otros; sin embargo, transcurrido el tiempo algo ocurre en nosotros que trastoca este impulso primario, insensibilizándonos ante el dolor del otro (de Waal, 2007). Es cuando lo cultural y lo normativo sucumben a los intereses, máxime cuando el orden económico está dirigido a perpetuar la desigualdad al amparo de sistemas políticos y económicos deliberadamente ineficaces (Pogge, 2005).

La expresión de la actividad racional y ética, a la que se debe la Educación Social basada en normas, derechos y obligaciones utilitaristas, desemboca en considerar que es bueno aquello que es útil para la mayoría (Camps, 2010); trabajar para dar al deseo un estatus objetivo y reconocer su concepto racional, para materializarlo en la necesidad de resistir para cambiar lo que no nos gusta. Intervenir activamente en el proceso que transforma la hegemonía de lo absurdo, pues “la forma colectiva del comportamiento absurdo es sin duda la más peligrosa, ya que su carácter absurdo no llama la atención de nadie y acaba siendo sancionada como normalidad” (Miller, 2006: 140). Deseo que trascienda la imagen de la educación social como aquella profesión capaz de transformar el valor de uso en la lógica del valor de cambio, sin temor a las consecuencias adversas del proceso (Ballester, 1991).

REFERENCIAS
Ballester, L. (1991). Las necesidades sociales. Teorías y conceptos básicos. Madrid: Síntesis S.A.
Camps, V. "Conferencia: LAS EMOCIONES MORALES. LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA AUTOESTIMA. Victoria Camps. Fundación Juan March." Fundación Juan March. 2010. Consultado el  04 del 03 de 2015 en: http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p1=22659&l=1
De Waal, F. (2007). El mono que llevamos dentro. ¿Hemos heredado de nuestros ancestros algo más que el ansia de poder y una violenta territorialidad? Barcelona: Tusquets editores.
Gómez, J. (2002).   Construir la profesión: la Educación Social como proyecto ético y tarea cívica. Pedagogía social: revista interuniversitaria 9, Pp. 91-125.

Miller, A. (2006).  Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño. Barcelona: Tusquets editores.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Ser pobre en la infancia.

Siendo España el país donde más ha crecido la pobreza infantil, como resultado del incremento del número de familias que carecen por completo de ingresos, tal vez sea el momento de analizar el impacto de la pobreza infantil en la salud y el desarrollo de los niños. Esta idea no es nueva, Ratcliffe y McKernan (2012) estudian las repercusiones de nacer en un hogar pobre, advirtiendo que en los Estados Unidos y durante las últimas cuatro décadas casi la mitad de los niños nacidos en hogares sin recursos eran pobres, al menos, la mitad de su infancia; es más, demuestran que en altos porcentajes la situación de pobreza les acompañará no menos de diez años, y constatan también cómo las consecuencias de esta situación pesarán en la edad adulta, con lo que las mejoras en el bienestar de los niños de hoy pueden tener efectos duraderos en el futuro.
La persistencia de la pobreza en los primeros años de vida es un indicador de trayectorias igualmente definidas por escasos recursos, en las que las víctimas de la pobreza infantil son más propensas al abandono escolar prematuro, y presentan problemas de conducta y menor cociente intelectual a los cinco años cuando se les compara con niños que han tenido la suerte de nacer en familias sin dificultades económicas.
En un estudio longitudinal realizado por Signe-Mary McKernan, se analizan las consecuencias del estrés tóxico, vinculado a situaciones de carestía que, según la Academia Americana de Pediatría, desemboca en bajos niveles de memoria de trabajo y dificultades para la concentración, donde los cambios en la estructura y funcionalidad del cerebro son responsables de alteraciones cerebrales y frágiles estructuras cognitivas que obstaculizan el aprendizaje, favoreciendo comportamientos inadaptados y deteriorando la salud de los niños. Por ello, no es descabellado vincular la exposición prolongada a la pobreza durante la infancia a trayectorias difíciles durante la adolescencia y a pobres resultados académicos.

Existe un elevado consenso que vincula el crecimiento económico de un país con el capital humano que aportan sus ciudadanos, por ello destinar recursos para la mejora del bienestar de los niños pobres y sus familias, tendrá sin duda un impacto positivo, siendo el coste mayor si la dirección es la contraria. Esto pasa, inevitablemente, por la capacidad de los padres para obtener un empleo estable e ingresos suficientes que les permitan atender en toda su magnitud las necesidades infantiles, forjando de forma decidida la igualdad de oportunidades.

jueves, 2 de octubre de 2014

El educador/a social ¿nace o se hace? #diaES #EdusoDay2014





Si nos acongoja la situación de emergencia pedagógica en la que ha desembocado la desmedida voracidad neoliberal nos acercaremos a una disciplina sustentada por la teoría, la práctica y los valores de un profesional que tal y como especifica el Parlamento Europeo, ejerce una labor pedagógica, con entidad propia basada en las relaciones interpersonales en contacto con el contexto comunitario. Siendo sus funciones específicas competencias que le capacitan para intervenir con criterios de rigurosidad científico pedagógica investigaciones recientes constatan el desconocimiento general sobre su formación y sus funciones, persistiendo estereotipos que nada favorecen su imagen.No nace, se hace ya que como experto, debe conocer y manejar herramientas encaminadas a facilitar las relaciones socioeducativas necesarias para trabajar en la dotación de competencias socioemocionales con especial sensibilidad hacia la infancia y las habilidades parentales que, desde la profesionalización le permiten abordar eficazmente la prevención tanto de conductas antisociales como el absentismo escolar, siendo ésta una nueva realidad generadora de desigualdad social, pues las evidencias constatan que la consecuencia de que los estudiantes no se sientan comprometidos e involucrados emocionalmente con la escuela, a menudo deriva hacia desajustes conductuales, lo que juega un importante papel en el deterioro de sus funciones cognitivas con el consiguiente empobrecimiento de los resultados académicos. A raíz de la necesidad de dar respuesta al desajuste de un gran número de jóvenes europeos después de la Guerra en 1949 nace a AIEJI que a día de hoy es un organismo que se encarga de reafirmar y promover la filosofía de la educación social y su singularidad siendo el ejercicio de la educación social la materialización de un sólido esfuerzo orientado a garantizar la justicia social.En España en 1992 la universidad de Barcelona aborda por primera vez la formación de educadores sociales que a día de hoy se imparte en 34 universidades españolas y es en el 2007 cuando la Asociación Estatal de Educación Social ASEDES, otorga al educador social entidad a nivel europeo, siendo la Educación Social una actividad socio pedagógica que tiene como prioridad garantizar el ejercicio de los derechos de los sujetos requiriéndose el permanente compromiso en sus niveles éticos, técnicos, científicos y políticos.Sí que es verdad que la vocación a la hora de ejercer una profesión basada en las relaciones personales está fuertemente enraizada a los valores que nos conducen, sin embargo, la profesionalización pasa por la constante búsqueda de evidencias y la rigurosidad técnica que garanticen la calidad del ejercicio de las funciones que se nos confieren.
 #diaES
 #EdusoDay2014

miércoles, 1 de octubre de 2014

CRISIS DE VALORES, ¿QUÉ VALORES?


En el ensayo “Desigualdad. Un análisis de la (in) felicidad colectiva”, fruto de un riguroso análisis sobre las consecuencias de las desigualdades sociales, los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett concluyen que la desigualdad convierte a los países en disfuncionales, obligándonos a ampliar los márgenes del discurso sobre un fenómeno creciente como es la injusticia social.
Sustentada en análisis estadísticos y estudios longitudinales, se revela una realidad que explica el deterioro de una sociedad en aspectos medibles como pueden ser la obesidad o la salud mental, el nivel de conflictividad social y el número de población reclusa, así como el fracaso y abandono escolar, el porcentaje de jóvenes en conflicto o el número de embarazos durante la adolescencia, relacionándolos con las desigualdades sociales y confirmando como éstos fenómenos, tienden a acusarse a medida que crece la distancia entre ricos y pobres.
Esta brevísima recensión al trabajo de Wilkinson y Pikett viene a colación tras unas insólitas declaraciones, publicadas el domingo día 27 de julio pasado en las páginas de este rotativo, en las que se afirmaba que no se puede vincular el incremento de la conflictividad juvenil con la crisis económica, y que más bien éste tiene relación con una crisis de valores familiares y las dificultades que –volvemos a citar textualmente- hay en algunas parejas para poder cuidar a sus hijos.
Los valores son creencias que impregnan nuestras actitudes y comportamientos, son la base sobre la cual tomamos decisiones. Por razones obvias, en las sociedades desiguales se empuja a sus ciudadanos a banalizar el fenómeno de la pobreza, es la fórmula thatcheriana que  popularizó con éxito el discurso de que en realidad la precariedad económica o laboral es fruto de la irresponsabilidad individual, donde lo colectivo no existe ni es deseable.

No hallamos en el estudio citado, colmado de análisis comparativos entre países, ninguna relación ni referencia a una crisis de valores, pero sí se establecen relaciones que correlacionan las dificultades de las familias para hacer frente al cuidado de sus hijos con el galopante aumento de la pobreza, de la cual no parece estar exenta nuestra comunidad, que ha experimentado un aumento del 11,8%  en las tasas de riesgo de pobreza según datos  extraídos de la  Encuesta de Condiciones de Vida INE 2013. En todo caso, no conocemos estudios recientes que relacionen los efectos nocivos sobre los valores familiares y la necesidad de incorporarse al mundo laboral. Es más, y en sentido contrario, sabemos cómo en las sociedades desiguales no se garantiza la redistribución de la riqueza donde muchos trabajadores son pobres y no pueden atender debidamente a sus hijos. Las dificultades económicas en el seno de una familia tienen consecuencias gravísimas, y no son pocos los estudios que analizan las consecuencias sobre los padres que emocional y psicológicamente están ausentes, secuestrados por la necesidad de cubrir las necesidades inmediatas; estudios que vaticinan que el futuro y la calidad de vida de una sociedad se decide en la forma en que cubre las necesidades básicas de sus niños que, a día de hoy, están expuestos a las consecuencias de algunas decisiones (valores) de quienes de modo eventual gestionan los recursos públicos.