Nadie puede
discutir el paralelismo entre privación de recursos durante la infancia y
problemas para desarrollar habilidades sociales, emocionales y del aprendizaje
en las primeras etapas de la vida; dificultad que alcanza mayor relevancia durante
la adolescencia. Al ser privados de un entorno social adecuado que permita a
los niños adquirir destrezas socioemocionales ajustadas, se observa cómo manifiestan
comportamientos inadecuados tales como, por ejemplo, conductas adictivas o desafiantes
y comportamientos violentos, cuyo exponencial aumento tanto nos preocupa.

Lejos quedan
espacios de convivencia como el hogar o la escuela, otrora acogedores, pues la
calidad de las relaciones se ve comprometida por el impacto de la austeridad,
convirtiéndose en espacios hostiles e inapetentes. Si bien, como afirma el doctor
Antonio J. Colom, catedrático de la UIB, aunque los niños en la actualidad
tienen mayores cocientes intelectuales que los de décadas anteriores, sabemos
que en una situación de casi emergencia social, las necesidades de los niños son
muy diferentes a las que tenían generaciones anteriores y estando en boca de
todos los escandalosos datos sobre fracaso y abandono escolar, se antojan
necesarias actuaciones basadas en los conocimientos, de otro modo, el daño es palpable.
Sabemos que la pobreza altera los
procesos cerebrales en los primeros años e incide directamente en las
estructuras responsables de generar aprendizajes que facilitan el éxito social
y la capacidad de regular emociones potencialmente nocivas, como son la ira y
el desánimo. Y también sabemos que problemas asociados al estrés crónico dañan
regiones específicas del cerebro, dificultando la toma de decisiones y provocando
lo que podríamos llamar ceguera hacia las
emociones positivas como el optimismo, la alegría, la motivación y la capacidad
de resistencia.
Una doble victimización se produce
cuando al desestimar la evidencia, las personas que durante la infancia han
sido víctimas de la violencia estructural, atrapadas en entornos de pobreza, son
con frecuencia foco de las críticas ya que obtienen peores resultados
académicos, manifiestan dificultades para mantener relaciones estables tanto
íntimas como profesionales, haciéndoles últimos responsables de su situación.
La evidencia, pues, nos dice que por lo que respecta a las expectativas que depositamos
en las víctimas también, en algo estamos fallando.